Una voz responde a quienes le advierten sobre la mujer que ama. No necesita que le digan nada: ya sabe que es voluble, orgullosa, vana y caprichosa. Reconoce que de su alma brotará antes el agua de una roca estéril que un sentimiento verdadero. Dice que su corazón es un nido de serpientes, que no hay en él una sola fibra sensible al amor, que parece una estatua sin vida.
Y, sin embargo, el poema se quiebra en el último verso con un "pero...": es tan hermosa. Esa confesión final lo cambia todo. El hablante no se engaña sobre cómo es ella; su lucidez convive con un deseo que no puede dominar. La rima deja así un clima de resignación amarga y asombro: la razón comprende, pero la atracción se impone.