La voz que habla en «Allá lejos» no describe un paisaje: lo convoca y lo saluda. Se dirige a un buey visto en la niñez y a una paloma de los bosques como si fueran presencias vivas, no imágenes de un pasado cerrado. Ese saludo inicial —«Buey que vi en mi niñez echando vaho un día»— sitúa la memoria en un mundo concreto: el sol de Nicaragua, la hacienda fecunda, la armonía del trópico. No se trata de un simple recuerdo nostálgico, sino de un reconocimiento: esos seres y sonidos —el viento, las hachas, los pájaros, los toros salvajes— «son la vida mía». La idea central es que la identidad del hablante no puede separarse de aquel territorio infantil; recordarlo es recuperar una parte esencial de sí mismo. El título ya coloca la escena en una doble lejanía, espacial y temporal; sin embargo, el verbo en presente —«sois»— convierte esa lejanía en presencia activa.
La construcción refuerza ese movimiento. El poema tiene doce versos alejandrinos, de catorce sílabas, con rima consonante organizada en dos bloques de seis. En los primeros seis versos, la rima se cierra con el esquema ABABBA, como si la estrofa quisiera abarcar una totalidad: el buey, el sol, la hacienda, la paloma, los vientos y las faenas rurales. En los seis finales, la rima se alterna con más apertura, ABABAB, y el tono se vuelve más íntimo al pasar del saludo colectivo a la explicación personal: el buey evoca la madrugada, la ordeña, la vaca lechera; la paloma condensa la primavera. Ese paso del plural al tú particular —«Pesado buey, tú evocas...», «Y tú, paloma arrulladora...»— convierte la memoria en diálogo.
Las imágenes trabajan con contrastes muy precisos. El buey aparece «echando vaho», con un aliento cálido que lo vuelve cercano; el sol no es solamente luz, sino «encendidos oros», metáfora de esplendor y de riqueza. La hacienda es «fecunda» y el trópico está «pleno de armonía», como un espacio donde todo crece y suena al mismo tiempo. No faltan las voces ásperas del trabajo: el viento, las hachas, los pájaros y los toros salvajes. Sobre ese fondo de fuerza natural, la estampa del buey y la vaca lechera introduce una dulzura doméstica: la madrugada que llamaba a la ordeña, la existencia «toda blanca y rosada», con los colores de la inocencia y del alba. La paloma, «arrulladora y montañera», une el sonido acunador con el arraigo a la montaña. Por eso, la primavera recordada no es una estación menor: desemboca en «la divina Primavera», escrita con mayúscula, como si el pasado idealizado abriera la puerta a una experiencia sagrada del tiempo.
La significación del poema está en esa unión de lo sencillo y lo absoluto. Rubén Darío, figura central del modernismo hispanoamericano, suele asociarse con la búsqueda de la belleza y la renovación del lenguaje; aquí esa búsqueda se arraiga en una escena rural y personal. «Allá lejos» muestra que el mundo de la infancia puede convertirse en un paraíso interior: el buey y la paloma no son adornos decorativos, sino símbolos que guardan la vida del hablante. Al saludarlos, la voz poética borra la distancia que anuncia el título y hace que aquello lejano siga actuando en el presente.