Desde el primer verso, el amor aparece como un mandato total: una entrega absoluta que abarca el ser entero, la tierra y el cielo, la claridad y el fango. La repetición del verbo amar crea un ritmo de letanía, un impulso incesante que invita a no detenerse. El hablante no pide amar solo lo agradable; exige amar también lo oscuro y lo difícil, con la misma intensidad que une el conocimiento y el anhelo. Ante la montaña de la vida —dura, alta, llena de abismos—, la respuesta no es rendirse, sino amar esa inmensidad encendida y arder en la fusión de los pechos. El tono es vehemente y luminoso, cercano a lo místico, y crea una atmósfera de exaltación donde el amor aparece como fuerza que da sentido y calor incluso en la adversidad.
Amo, amas — Resumen
Amar, amar, amar, amar siempre, con todo el ser y con la tierra y con el cielo, con lo claro del sol y lo oscuro del lodo: Amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.
Y cuando la montaña de la vida nos sea dura y larga y alta y llena de abismos, amar la inmensidad que es de amor encendida y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!