En solo cuatro versos, Bécquer despliega una escalada de entregas amorosas. Por una mirada, el yo poético daría un mundo; por una sonrisa, un cielo. Son ofrendas desmesuradas, casi fantásticas, que muestran hasta qué punto idealiza a la persona amada. Pero al llegar al beso, el poema se detiene: ya no encuentra una recompensa a la altura. Ese “¡yo no sé / qué te diera por un beso!” no es indiferencia, sino todo lo contrario. El beso se presenta como algo tan valioso que escapa a cualquier comparación, incluso a las más grandiosas. La exclamación y los puntos suspensivos crean un tono íntimo, tembloroso y lleno de deseo. El resultado es una atmósfera de anhelo romántico: se entiende que el beso sería el mayor tesoro, y que las palabras se quedan cortas para expresar lo que el hablante siente.
Rima XXIII — Resumen
Por una mirada, un mundo; Por una sonrisa, un cielo; Por un beso... ¡yo no sé Qué te diera por un beso!