Rubén Darío, figura central del modernismo hispanoamericano, convierte «Margarita» en un soneto en alejandrinos donde la memoria amorosa se vuelve rito y elegía. El yo poético interpela a una amada ausente: le recuerda que quería ser una Margarita Gautier y le devuelve, como un retrato, su «extraño rostro» fijado en la primera cita. La noche alegre, el champán, el cristal de baccarat y la margarita blanca que ella deshoja mientras murmura «¡Sí... no... sí... no...» crean una atmósfera de refinamiento y ambigüedad. El poema no se queda en la nostalgia del placer: presenta el amor como una flor frágil que puede ser deshojada por la muerte. La ausencia de la amada y el pasado irrevocable («una noche alegre que nunca volverá») pesan tanto como el deseo.
La construcción sostiene esa ambigüedad. Los versos de catorce sílabas del soneto envuelven la anécdota en un ritmo amplio y musical. La rima de los cuartetos asocia «Margarita» con «maldita» y con «cita», de modo que el nombre propio queda contaminado por la pasión y por el encuentro; los finales agudos «está», «volverá», «baccarat» y «ya» caen con rotundidad de sentencia. El encabalgamiento «Margarita / Gautier» divide el nombre y lo deja suspendido entre la mujer real y la heroína literaria de La dama de las camelias, la cortesana romántica que la amada quiere encarnar. El poema tampoco avanza de manera lineal: del presente del recuerdo («Recuerdas») salta a la cita pasada y desemboca en el golpe final de la muerte.
Las imágenes sensoriales son intensas y contrastadas. Los labios escarlatas, la púrpura maldita, el champaña en copas de fino baccarat y la blanca margarita combinan lujo, pasión y fragilidad. El rojo y el púrpura sugieren una belleza peligrosa; el blanco de la flor anuncia la víctima. La palabra margarita funciona en tres planos: es la flor que se deshoja, la mujer que la manipula y el nombre literario que ella sueña encarnar. El apóstrofe «¡oh flor de Histeria!» transforma la emoción en una flor nerviosa, una belleza enferma que ríe y llora a la vez; los besos, las lágrimas, las risas y las fragancias pertenecen todos al hablante, como si amar fuera poseer una sensación total. Los verbos «sorbían» y «deshojaban» unen el consumo del placer y el desnudamiento de la flor, preparando el desenlace.
El cierre da un giro elegíaco. La Muerte aparece personificada como «la celosa», una rival amorosa que retoma el mismo gesto de deshojar. Si antes la amada preguntaba a la margarita si el hablante la amaba, ahora la Muerte la deshoja «por ver si me querías». El juego de pétalos se vuelve fatal: la alternancia infantil del sí y el no termina en la desaparición. El último verso, «¡Como a una margarita de amor, te deshojó!», convierte definitivamente a la mujer en flor y a la muerte en amante celosa, cerrando el poema con la misma imagen del comienzo. La exclamación final no es solo dolor: es también la constatación de que la amada se ha vuelto por completo símbolo.
La significación de la pieza reside en esa fusión de preciosismo sensorial y tema universal. Darío no narra una biografía; crea un pequeño mito dentro de la forma cerrada del soneto. La alusión literaria, la rima musical y la personificación de la Muerte hacen que lo íntimo adquiera dimensión simbólica: el amor es una pregunta que se deshoja y una flor que la celosa arranca.